Se busca el Perdón.
Merodea sin nombre, sin cara
arrastrando su sombra
con forma de cruz.
A veces aparece colgado
secándose entre la ropa del patio
de algún desconocido.
Otras veces en una larga ausencia
grita obscenidades indelebles
desde los techos de rascacielos.
De pronto emerja resplandeciente un día
desde las profundidades de un bolsillo
pegado a un chicle.
Pero el Perdón se vuelve a extraviar.
Desentendido con la permanencia
rechaza la rutina.
Se nutre de una fuga
que se hace cotidiana.